24 de febrero de 2026
Cuatro años de guerra en Ucrania: cómo los drones transformaron el campo de batalla
Los dispositivos voladores no tripulados pasaron de ser una novedad tecnológica a convertirse en los responsables de hasta el 80% de las bajas en el conflicto. En el aniversario de la invasión rusa, un recorrido por la transformación más radical de la guerra moderna
El aniversario de la invasión encuentra a ambos ejércitos inmersos en una carrera tecnológica sin precedentes, en la que pequeños dispositivos voladores —muchos derivados de drones comerciales que cualquier civil podrÃa comprar— refinieron las reglas del combate.
El cambio más profundo en el campo de batalla es la aparición de lo que los militares llaman la “zona de muerteâ€: una franja de terreno que se extiende hasta 20 kilómetros de profundidad a lo largo de la lÃnea del frente, donde cualquier movimiento visible puede ser detectado y atacado en cuestión de minutos.Lo que antes era la retaguardia —donde los vehÃculos de suministro circulaban con relativa libertad— es ahora una zona de blanco permanente. “Todo lo que se mueve puede ser destruido de inmediatoâ€, describió al Financial Times Taras Chmut, veterano de la infanterÃa de marina ucraniana y fundador de Come Back Alive, una de las principales organizaciones de apoyo al ejército. “Para los europeos aún es difÃcil comprenderlo.â€Las rutas de suministro, que antes eran transitadas libremente por camiones, están ahora cubiertas por kilómetros de redes protectoras que intentan detener los ataques aéreos. Los vehÃculos que se atreven a circular por esas rutas lucen modificaciones que hace cuatro años habrÃan parecido sacadas de una pelÃcula de ciencia ficción: jaulas metálicas antidrones, pinchos para desviar el impacto de explosivos y sistemas de interferencia electrónica. Aun asÃ, muchos no llegan a destino.
En el centro de esta transformación está el dron de primera persona, conocido por sus siglas en inglés como FPV. Estos aparatos —baratos, maniobrables y letales— sobrevolaron las lÃneas de suministro, cazaron vehÃculos y atacaron posiciones con una precisión que las armas convencionales raramente alcanzan.Según el ministro de Defensa ucraniano Mykhailo Fedorov, los drones son responsables de hasta el 80% de los daños en el campo de batalla. Roman Kostenko, presidente de la comisión de Defensa del Parlamento ucraniano, estimó que ese porcentaje se aplica también a las bajas humanas en ambos bandos.La respuesta ucraniana fue escalar la producción de manera acelerada. En 2024, Ucrania fabricó más de un millón de drones FPV; en 2025 esa cifra se multiplicó: el ministro de Defensa Denys Shmyhal confirmó en diciembre que las fuerzas armadas recibieron tres millones de unidades durante el año, casi el triple que el perÃodo anterior. El coronel Vadym Sukharevsky, comandante de la Fuerza de Aviones No Tripulados, resumió la nueva doctrina con una frase: “robots primeroâ€.Rusia, por su parte, no se quedó atrás. El primer ministro ruso Mikhail Mishustin afirmó en julio de 2025 que el paÃs habÃa triplicado su producción planificada de drones para ese año. Según la inteligencia militar ucraniana, Moscú producÃa unos 2.700 Una de las innovaciones más impactantes de estos cuatro años es el uso de cables de fibra óptica ultrafinos para controlar los drones en lugar de señales de radio. Esta tecnologÃa hace que los drones sean prácticamente inmunes a la guerra electrónica, que de otro modo podrÃa cortarles la conexión con sus operadores.El resultado visual es casi surrealista: franjas de ciudades y campos del frente cubiertas por marañas de cables que los drones rusos dejan tras de sÃ. Rusia ha desplegado versiones de fibra óptica con un alcance de hasta 40 kilómetros, según reportó el Financial Times. Algunos de esos drones están programados para ocultarse junto a las rutas de tráfico y atacar vehÃculos que pasan, funcionando como una forma nueva y dinámica de mina.La guerra no se libra solo en el frente. Las ciudades ucranianas, especialmente en el sur y el este, llevan meses conviviendo con ataques nocturnos de drones de largo alcance. Kherson, la única capital regional que cayó en manos rusas antes de ser liberada en noviembre de 2022, se convirtió en un laboratorio involuntario de defensa urbana.
“Somos el futuro para otras ciudades de la lÃnea del frenteâ€, afirmó Prokudin al Financial Times. “Kherson es ahora el modelo de defensa contra la guerra moderna.â€
El próximo capÃtulo de esta evolución ya está siendo escrito. Ingenieros de ambos bandos trabajan para dotar a los drones de inteligencia artificial, permitiéndoles tomar decisiones autónomas en los segundos finales antes del impacto, cuando la conexión con el operador suele interrumpirse.
Sin embargo, los expertos advierten que la automatización total está lejos. “La IA cumple una función de ayuda, no reemplaza al humanoâ€, señaló la analista militar Kateryna Bondar.
Cuatro años después del inicio de la invasión, la guerra en Ucrania sigue siendo, en última instancia, cosa de personas. Pero el cielo sobre ellas ya no es el mismo.
La guerra no se libra solo en el frente. Las ciudades ucranianas, especialmente en el sur y el este, llevan meses conviviendo con ataques nocturnos de drones de largo alcance. Kherson, la única capital regional que cayó en manos rusas antes de ser liberada en noviembre de 2022, se convirtió en un laboratorio involuntario de defensa urbana.
“Somos el futuro para otras ciudades de la lÃnea del frenteâ€, afirmó Prokudin al Financial Times. “Kherson es ahora el modelo de defensa contra la guerra moderna.â€
El próximo capÃtulo de esta evolución ya está siendo escrito. Ingenieros de ambos bandos trabajan para dotar a los drones de inteligencia artificial, permitiéndoles tomar decisiones autónomas en los segundos finales antes del impacto, cuando la conexión con el operador suele interrumpirse.
Sin embargo, los expertos advierten que la automatización total está lejos. “La IA cumple una función de ayuda, no reemplaza al humanoâ€, señaló la analista militar Kateryna Bondar.
Cuatro años después del inicio de la invasión, la guerra en Ucrania sigue siendo, en última instancia, cosa de personas. Pero el cielo sobre ellas ya no es el mismo.
