4 de febrero de 2026
Sabotaje bajo el umbral de la guerra: la estrategia rusa que erosiona la confianza europea

Las acciones orquestadas por la inteligencia militar rusa, empleando redes criminales y agentes de un solo uso, buscan minar la percepción de seguridad y la cohesión social en múltiples países de la Unión Europea
Las investigaciones revelaron que el paquete contenía dispositivos para detonar explosivos, lo que puso en marcha una operación encubierta con la colaboración de la policía antiterrorista lituana. Anna, bajo estricta vigilancia, entregó el paquete a un destinatario desconocido. La detención de este joven, un refugiado ucraniano, permitió a las autoridades europeas rastrear una cadena de contactos y métodos que, según expertos citados por The New Yorker, muestran el alcance de las operaciones de la inteligencia militar rusa en territorio de la Unión Europea.
Un alto funcionario de seguridad alemán, consultado por la revista, resumió así la lógica de estos actos: “Es una demostración de fuerza, una forma de quitarse la máscara y decir: ‘Entonces, Alemania, ¿qué vas a hacer al respecto?’”.
El objetivo último, según los expertos entrevistados, no siempre es infligir daños materiales severos, sino sembrar la incertidumbre y erosionar la confianza de la sociedad en la capacidad del Estado para protegerse de agresiones externas. En este nuevo escenario, incidentes en apariencia aleatorios —como incendios, actos de vandalismo o pequeños sabotajes— forman parte de una estrategia más amplia de presión y desgaste impulsada, según las investigaciones citadas, por la agencia de inteligencia militar rusa GRUAnna, una ucraniana de poco más de treinta años, había huido de Kharkiv tras la invasión rusa y vivía en Vilna con su familia. Un día de abril de 2024, recibió una llamada inesperada de Daniil Gromov, un viejo conocido que le solicitó un favor: recoger un paquete para un amigo suyo en la ciudad.Pocos días después, Warrior2Alpha le pidió fotos del contenido. Anna las envió y recibió nuevas instrucciones: devolver la bolsa a otra taquilla de la estación. Aunque intentó cumplir con lo solicitado, la inquietud crecía en ella tras ver en el perfil de Warrior imágenes de armas y una bandera rusa.
La respuesta policial no tardó. Agentes de la unidad antiterrorista lituana acudieron al domicilio de Anna. Tras analizar el contenido, determinaron que los dispositivos eran detonadores capaces de provocar incendios o explosiones. Con su colaboración, organizaron una entrega vigilada: la bolsa sería devuelta a la taquilla, pero con un rastreador GPS y objetos simulados.
La identidad del joven era Daniil Bardadim, un refugiado ucraniano procedente del sur del país. El operativo permitió desbaratar al menos una cadena de sabotaje y abrió una investigación transnacional sobre el reclutamiento y uso de jóvenes migrantes en operaciones de sabotaje atribuidas a la inteligencia militar rusa, según la reconstrucción de The New Yorker.
Daniil Bardadim creció en Kherson, una ciudad portuaria ucraniana que, tras la invasión rusa, sufrió ocupación militar, el cierre de escuelas y servicios, y frecuentes ataques con artillería desde el otro lado del río Dniéper. En ese entorno, siendo aún adolescente, trabajó brevemente en una gasolinera.En noviembre de 2023, tras la reconquista de Kherson por el ejército ucraniano y ante la persistencia de los bombardeos, Bardadim y su familia se trasladaron a Haivoron, cerca de la frontera con Moldavia. Allí logró terminar la secundaria, pero la guerra y la falta de oportunidades lo mantenían inquieto y sin recursos económicos.Tras un mes en Polonia, ambos recibieron la invitación de Serhiy Chaliy, un hombre de treinta y un años del mismo vecindario de Kherson y antiguo propietario de la gasolinera donde ambos habían trabajado. Chaliy, con antecedentes de negocios ilegales y vínculos con las fuerzas rusas durante la ocupación, se había trasladado a Varsovia temiendo represalias tras la liberación de Kherson.
Chaliy los alojó en un hostal en las afueras de Varsovia, cubriendo gastos menores y anotando las sumas prestadas. Describía sus encargos como “trabajos de mecánica”, pero pronto le asignó a Bardadim una tarea: viajar a Rumanía, recoger un BMW y conducirlo de regreso a la capital polaca, sin explicar el motivo de su imposibilidad de entrar en ese país. Según versiones recogidas por The New Yorker, Chaliy estaba buscado por robo de automóviles en Rumanía y tenía conexiones con redes criminales y de contrabando de vehículos hacia Crimea y Rusia.Durante su estancia en el hostal, Bardadim y Oleksandr fueron vistos como jóvenes tranquilos y corteses, aunque con serias dificultades económicas y ausencias frecuentes. La administradora, Valentina, relató que desaparecieron de repente tras recibir noticias de su detención. “Si los reclutaron para algo, fue por dinero”, concluyó.Las autoridades polacas bautizaron a quienes aceptaban estas tareas como “agentes de un solo uso”: individuos reclutados para acciones puntuales, muchas veces sin conocimiento del verdadero propósito ni del origen de las órdenes. En la primavera de 2023, la policía de Lublin desarticuló una red compuesta por más de una docena de estos agentes, entre ellos ucranianos, bielorrusos y un ruso, cuyo primer encargo fue colocar carteles y pegatinas con mensajes como “Polonia ≠ Ucrania” y “OTAN vete a casa”.
El objetivo de estas acciones, según las autoridades polacas, era fomentar dudas y animadversión hacia los refugiados ucranianos y el apoyo estatal a Ucrania. En Francia, otros agentes de un solo uso, provenientes de Moldavia, Bulgaria o Serbia, pintaron estrellas de David, profanaron un monumento del Holocausto y depositaron cabezas de cerdo en mezquitas. En junio de 2024, tres hombres —de Bulgaria, Alemania y Ucrania— fueron arrestados tras colocar ataúdes con banderas francesas cerca de la Torre Eiffel, en un intento de avivar la tensión social.El fenómeno también se extendió a la ciberdelincuencia. En los Países Bajos, dos adolescentes fueron arrestados por interceptar datos de redes gubernamentales usando una aplicación de espionaje digital, bajo instrucción de un grupo asociado a hackers rusos. Recibieron unos cientos de dólares en criptomonedas y lograron recopilar información potencial sobre la infraestructura digital sensible.
Las operaciones de sabotaje no se limitaron al vandalismo. En Reino Unido, seis hombres británicos fueron condenados por incendiar un almacén de ayuda humanitaria para Ucrania y planear el secuestro de un conocido opositor ruso. En Polonia, miembros de una célula fueron captados por la policía tras volar una vía férrea clave para el transporte de suministros militares, utilizando explosivos C-4.Durante el verano de 2024, el método se sofisticó: agentes de un solo uso en ciudades como Ámsterdam, Vilna y Varsovia enviaron paquetes con productos inocuos y, en ocasiones, dispositivos incendiarios o rastreadores GPS a destinos de Europa, Estados Unidos y Canadá. Uno de estos envíos provocó un incendio en una planta de DHL en Birmingham; otro estalló en un avión de carga en Leipzig, evitándose una tragedia mayor por un retraso fortuito en el vuelo.
En la mayoría de los casos, las fiscalías europeas atribuyeron la organización de estas operaciones al GRU, la agencia de inteligencia militar rusa, que utiliza estos actos como muestra de fuerza y herramienta de presión psicológica en el continente.El Departamento de Tareas Especiales, una rama del GRU, coordina operaciones a través de múltiples intermediarios. Las instrucciones viajan por al menos tres niveles de separación antes de llegar a los ejecutores: los agentes de un solo uso. En la base, estos actores suelen ser reclutados entre migrantes vulnerables o integrantes de círculos criminales, a menudo sin saber el alcance real de sus acciones.
Según funcionarios europeos, la colaboración entre servicios de inteligencia y redes criminales es estratégica: los criminales son accesibles, manipulables y buscan protección frente a la justicia. El sistema asigna tareas específicas a cada eslabón —reclutamiento, logística, pagos, preparación de explosivos o falsificación de documentos—, evitando que los distintos niveles conozcan el plan completo.
La creatividad en el reclutamiento y la dispersión de responsabilidades responde a las restricciones impuestas tras la invasión de Ucrania. Europa expulsó a cientos de diplomáticos rusos con cobertura de inteligencia y limitó la movilidad de pasaportes oficiales, obligando al GRU a innovar y recurrir a intermediarios no oficiales.
El perfil de los agentes de un solo uso responde a patrones de vulnerabilidad social, precariedad económica y escasa integración en los países de acogida. Según Irena Lipowicz, jurista polaca citada por The New Yorker, los reclutadores buscan “personas solitarias, marginadas, sin experiencia y poco avisadas”, una descripción que encaja con muchos jóvenes migrantes ucranianos.
Desde 2022, cerca de siete millones de personas han huido de Ucrania, con una tercera parte asentada en Polonia y Alemania. Al menos doscientos cincuenta mil habrían atravesado Rusia o Bielorrusia antes de llegar a Europa, pasando por puntos de filtración susceptibles de servir para la selección o coacción de candidatos a ser reclutados.
El uso de migrantes para el sabotaje sirve, además, a la narrativa propagandística rusa: cada arresto alimenta la sospecha y la desconfianza, reforzando la idea de que la hospitalidad europea conlleva riesgos internos.
Las autoridades europeas enfrentan un dilema persistente ante la amenaza de sabotaje ruso: cuanto más intensifican la vigilancia y la respuesta, mayor es la sensación de inseguridad y desconfianza que se instala en la sociedad. Así lo reconocen altos funcionarios entrevistados por The New Yorker, quienes advierten que la reacción estatal, si se vuelve rutinaria y pública, puede amplificar el efecto buscado por Moscú.
La escala de las operaciones preocupa a los expertos. Un funcionario alemán advirtió: “Hoy está en un nivel bajo. Pero no hay nada que impida escalar y usar estos métodos para ataques mucho más letales.” El mismo modelo que sirve para incendiar centros comerciales o enviar paquetes incendiarios puede emplearse para atentados con víctimas masivas si se decide “subir el dial”.
En este escenario, la amenaza no muestra señales de desaparecer, incluso si la guerra en Ucrania llegase a su fin. Para la inteligencia rusa, Europa seguirá siendo considerada un territorio estratégico donde influir, desestabilizar y poner a prueba la capacidad de respuesta occidental.


