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2 de marzo de 2026

�??Quería protegerla y en realidad mi amor la estaba asfixiando�?�

Para cuando quedé embarazada tenía claro que ya no iba a seguir trabajando. Solo yo iba a cuidar a mi hija. Y si alguna vez tenía que dejarla con alguien unas horas, sería única y exclusivamente con una mujer. Así fue nuestra historia juntas, marcada a fuego por mi pánico a que pudieran lastimarla

>Estaba desesperada. Mi hija se iba desintegrando delante de mis ojos y yo no podía hacer nada.

En mi desesperación por ayudarla y como ella no quería ir a un terapeuta, empecé a ir yo. Aspiraba a que la atendieran y la curaran, pero ya en el primer encuentro el especialista me hizo saber con delicadeza que los trastornos alimenticios tienen raíces afectivas, muchas de las cuales nacen del vínculo con la madre.

—Es como una vela que se está apagando —le dije al terapeuta.

No me animé a pensar la respuesta. Intuía que algo de la enfermedad de mi hija tenía que ver conmigo. ¿Era posible que estuviera destruyendo lo que más amaba?

El simple hecho de que yo tomara conciencia empezó a modificarlo todo, y mi hija comenzó a mejorar. Al principio fueron cambios muy tenues, pero con el correr del tiempo, las mejorías se volvieron evidentes.

Esa pregunta de mi terapeuta terminó de poner el problema sobre la mesa. Aunque nunca antes había pensado que la anorexia de mi hija se debía a mi sobreprotección, sabía que mis esfuerzos tenían como objetivo último evitar por cualquier medio que le hicieran daño. Para ser clara, temía que abusaran sexualmente de ella. Como me había pasado a mí.

Este trauma marcó toda mi vida. Nunca pude hablarlo con mis padres porque mi tío me manipulaba y me amenazaba, y eso me fue convirtiendo en una persona introvertida, distante, temerosa y apagada. Por suerte, a los dieciocho, pude contárselo a mi primer y único novio, el papá de mi hija. Estoy convencida de que hacerlo me salvó la vida.

Así fue nuestra historia juntas, marcada a fuego por mi pánico a que pudieran lastimarla. Pasé toda su vida tratando de protegerla de lo mismo que me había pasado a mí, sin que ella lo supiera, sin importarme que fuese chica o grande. Mis traumas la estaban matando silenciosamente.

Un día me vino a la cabeza la imagen de los johatsu japoneses, que se traduce como los evaporados. Son personas exhaustas de las presiones laborales, familiares y sociales, que no soportan más y de la noche a la mañana desaparecen de su vida sin dejar rastro, empezando de cero en otro lugar donde nadie los conoce, y en el que no tienen mayores exigencias. Prefieren dejar toda su vida atrás, quemar las naves con toda su historia y sus afectos, para poder vivir tranquilos. Pueden dejar cargos importantes y departamentos de lujo, para vivir en un monoambiente y trabajar en un Mc Donalds. Dejar a sus hijos, sus hermanos, sus padres para no verlos nunca más. Es una forma muy dolorosa de elegir la paz.

Y volver a la vida.

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