2 de marzo de 2026
Liberaron al gendarme argentino Nahuel Gallo tras estar secuestrado 448 días por el régimen chavista en Venezuela
El cabo primero dejó la cárcel El Rodeo 1 en la que estuvo durante 15 meses. Lo confirmó su mujer a través de una publicación en redes sociales: �??Está volando hacia la Argentina�?�
El primer indicio de su liberación habÃa ocurrido esta misma semana, cuando pudo comunicarse por primera vez con su mujer, MarÃa Alexandra. Ocurrió en medio de una entrevista radial. Infobae habló con ella poco después. Por el teléfono se escuchaban risas, alegrÃas y una mezcla de alivio y esperanza. Esa llamada habÃa confirmado dos cosas, después de tanta desolación: que AgustÃn Nahuel Gallo estaba vivo y que, efectivamente, estaba en El Rodeo 1.
TodavÃa está vivo el recuerdo del operativo militar que sacó a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, de su alcoba para llevarlos a los tribunales estadounidenses para dar cuenta de sus crÃmenes de Estado y de los otros, principalmente, conspiración, narcotráfico y terrorismo.
La noticia llegó como llegan las cosas que durante mucho tiempo se temieron imposibles: con alivio, pero también con cautela. Para la familia, la confirmación fue una explosión de alegrÃa inmediata y un alivio después de una pesadilla interminable, donde los peores miedos aparecieron una y otra vez. Es que Gallo no estuvo detenido: fue vÃctima de desaparición forzada, de un secuestro polÃtico. Para comprender el espesor real de esos 448 dÃas, hay que retroceder. Volver al punto exacto en el que la espera dejó de ser una expectativa y pasó a ser un abismo. Volver al dÃa en que Nahuel debÃa llegar y nunca llegó.MarÃa Alexandra Gómez lo esperaba en Anzoátegui, adonde vivÃa entonces su madre y a quien habÃa ido a visitar. Era febrero y hacÃa calor. La casa estaba ordenada de una manera especial, no perfecta, sino preparada. VÃctor, que tenÃa poco más de un año, no entendÃa del todo qué significaba esa espera, pero percibÃa el clima. Los padres habÃan contado los dÃas para el reencuentro, hablado de horarios, de recorridos, de detalles mÃnimos. El viaje de Nahuel no tenÃa ningún misterio: cruzar la frontera, llegar, reencontrarse. HabÃa pedido autorización a la GendarmerÃa -estaba destinado en Uspallata, Mendoza- realizado todos los trámites correspondientes, como presentar una invitación, autorización especial y tenÃa previsto ingresar por un paso fronterizo formal.
MarÃa Alexandra pasó ese dÃa entero esperando que apareciera, esperando que sonara el teléfono, esperando una explicación mÃnima. La tarde avanzó sin respuestas. La noche llegó con una sensación que no se parecÃa a nada conocido. VÃctor se durmió sin su papá. Ella no durmió.
Con el correr de los dÃas, la palabra empezó a asomar, primero de manera esquiva, después con más fuerza: desaparición. Mucho tiempo después se supo que Nahuel habÃa recorrido varios centros de detención, hasta que llegó a su sitio defintivo: el penal de El Rodeo I. Saber dónde estaba no trajo alivio. Confirmaba que estaba vivo, pero también que habÃa quedado atrapado en uno de los engranajes más duros del sistema represivo venezolano, un lugar donde el tiempo se estira y la ley no existe.
MarÃa Alexandra entendió entonces que su vida también habÃa cambiado. SeguÃa en Anzoátegui, con su hijo pequeño, en un paÃs donde reclamar podÃa ser peligroso. Empezó a recorrer oficinas, fiscalÃas, dependencias de seguridad y ámbitos diplomáticos. Cada puerta era una posibilidad mÃnima. Cada respuesta, cuando existÃa, era vaga. Promesas sin plazos. Frases hechas. Ninguna certeza.
En Caracas, la rutina se volvió un peregrinaje. Oficinas de gobierno, organismos de seguridad, fiscalÃas y dependencias diplomáticas. Entrar, explicar, insistir, esperar. Salir sin respuestas. Volver al dÃa siguiente. Repetir. Durante meses, MarÃa Alexandra hizo ese recorrido con su hijo de la mano o en brazos. VÃctor aprendió a esperar en pasillos, a dormir siestas improvisadas, a adaptarse a una vida sin horarios claros.
Mientras tanto, el régimen avanzaba con su relato. El 6 de enero del año pasado, Nicolás Maduro acusó públicamente a Nahuel Gallo de formar parte de una conspiración para asesinar a Delcy RodrÃguez. No presentó pruebas ni abrió una causa judicial real. Fue una acusación polÃtica, diseñada para justificar el secuestro y enviar un mensaje. Para MarÃa Alexandra, ese fue un punto de inflexión. Entendió que Nahuel no era un detenido común, sino un rehén.Las amenazas comenzaron a aparecer de manera indirecta: advertencias, silencios que decÃan más que las palabras, miradas que se repetÃan, gestos que no necesitaban explicación. La idea de que quedarse en Venezuela ya no era seguro se volvió cada vez más concreta. Pero irse también implicaba un riesgo: salir sin autorización, sin anunciarlo, sin dejar rastros.A fines de mayo, la decisión ya estaba tomada: no estaban dadas las condiciones para quedarse. Después de meses de puertas cerradas y silencios calculados, MarÃa Alexandra entendió que la lucha debÃa continuar desde otro lugar. Se organizó entonces un operativo secreto de extracción. No fue una salida común. No hubo anuncios ni despedidas. Participaron el Ministerio de Seguridad argentino —que en ese momento estaba a cargo de Patricia Bullrich—, el apoyo de Estados Unidos y la colaboración de Colombia.
En paralelo, Nahuel seguÃa preso.
No fue el único. En mayo, otro argentino, Germán Giuliano, fue capturado mientras navegaba frente a las costas venezolanas. Dos historias distintas, una misma lógica: extranjeros tomados como rehenes para ganar margen frente a la presión internacional.
Hasta que el tablero se rompió.
El anuncio lo hizo Jorge RodrÃguez. Fue frÃo y burocrático. Habló de razones humanitarias, evitó reconocer el secuestro y la palabra desaparición forzada.
Para la familia, la noticia no fue un estallido. Fue un alivio tardÃo, llantos contenidos, incredulidad y miedo a que algo fallara. Después de casi 10.800 horas de secuestro, incluso la alegrÃa necesitará tiempo para asentarse.La historia de Nahuel Gallo no termina con su liberación. Quedan marcas, secuelas, preguntas. Pero queda algo firme: fue secuestrado por una dictadura narcoterrorista y sobrevivió gracias a la presión internacional y a una familia que nunca aceptó el silencio.
